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miércoles, 2 de agosto de 2017

Crucigrama.

El periódico del bar está abierto por la página de pasatiempos. En el crucigrama, perfectamente resuelto, descubro que hay entrelazada, al menos, la letra de tres personas diferentes. Y por un segundo recupero toda la fe en la humanidad.

Prado Blanco




jueves, 19 de enero de 2017

¿Qué llevo en los bolsillos?.

Un mechero, un caramelo para la tos, un sello de correos, un solitario y algo torcido cigarrillo, un palillo, un pañuelo de tela, un bolígrafo, dos monedas de cinco shekels. Esa es una pequeña parte de las cosas que llevo en los bolsillos. Entonces ¿qué misterio tiene que estén tan abultados? Son muchos los que me lo han dicho.

—Pero ¿qué coño llevas en los bolsillos?

A la mayoría, ni les contesto, sino que me limito a sonreír y, a veces, hasta suelto una forzada risita. Si se empeñaran en saberlo y me volvieran a preguntar, seguro que les enseñaría todo lo que llevo en ellos y puede que hasta les explicara para qué necesito tener siempre conmigo todas esas cosas. Pero no insisten. Qué coño llevas, la risita, el angustioso y breve silencio, y ya hemos pasado a otro asunto.

En realidad, todo lo que llevo en los bolsillos está ahí intencionada y premeditadamente. Todo está ahí para encontrarme en una situación de ventaja cuando llegue el momento de la verdad. Aunque, realmente, eso no es que sea muy exacto. Todo está ahí para no encontrarme en situación de desventaja cuando llegue el momento de la verdad. Porque ¿qué ventaja vas a poder sacar de un palillo o de un sello de correos? Pero, si por ejemplo, una chica guapa —¿sabéis qué?, ni siquiera guapa, simplemente mona, una chica de aspecto corriente capaz de cortaros la respiración— os fuera a pedir un sello, o ni siquiera fuera a pedíroslo, sino que la veis allí en la calle, una lluviosa noche, con un sobre sin sello en la mano junto a un buzón rojo y os pregunta si no sabríais por casualidad dónde hay una oficina de correos abierta a esas horas y después tosiera un poco, con una tos producto del frío y de la desesperación, porque ella también sabe, en el fondo, que no hay ninguna oficina de correos abierta por los alrededores, vamos, que seguro que no a esas horas, entonces, en ese momento, el momento de la verdad, no va a decirte qué coño llevas en los bolsillos, sino que te estará inmensamente agradecida por el sello, aunque puede que ni siquiera agradecida, sino que se limitará a brindarte su cautivadora sonrisa, una sonrisa cautivadora a cambio de un sello —yo estaría dispuesto a firmar ahora mismo, aunque el valor de los sellos esté al alza y el de las sonrisas a la baja.
Tras la sonrisa me daría las gracias y volvería a toser, de frío y un poco también de la turbación, y entonces yo le ofrecería un caramelo para la tos.

—¿Qué más llevas en los bolsillos? —me preguntaría ella, pero con delicadeza, nada de «qué coño llevas ahí» y sin ningún deje negativo.

Y yo le contestaría sin vacilar:

—Todo lo que puedas llegar a necesitar, cariño, todo lo que pueda llegar a hacerte falta.

Pues ya está. Ahora ya lo sabéis. Eso es lo que llevo en los bolsillos. Una pequeña posibilidad de no cagarla. Cierta posibilidad. No demasiado grande, incluso poco probable. Lo sé, que tonto no soy. Una pequeñísima posibilidad de que, digamos, cuando llegue la felicidad pueda decirle «sí» en lugar de «perdona, lo siento, no tengo ningún cigarrillo/palillo/moneda para la máquina de las bebidas». Eso es lo que llevo en los bolsillos, tan abultados y repletos, la remota posibilidad de poder decir sí en lugar de lo siento.

Etgar Keret



miércoles, 4 de enero de 2017

Verbos.

Según los verbos, los almaceneros almacenan, los pintores pintan, los abogados abogan, los asesinos asesinan, los cantores cantan, los amantes aman y los vivos viven. Sin embargo, los niños no niñan ni los ladrones ladran. Y los muertos no mueren.

(Inevitable reflexión ante los verbos que no verban).
Esteban Peicovich





lunes, 17 de octubre de 2016

El efecto Quijote.

Parecía buena idea: un chip intracerebral, un puerto USB y cualquiera podía enchufarse un libro electrónico e inyectarse en segundos el manual de la lavadora, el periódico, la Biblia o la Iliada. Pero hubo un fallo: saturaron el filtro de la fantasía, el mecanismo por el cual nuestra mente diferencia lo real de lo ficticio. Ahora las calles están llenas de Julietas suicidas, D’artagnanes retadores, Ulises cegando Polifemos; y hétenos aquí, tú y yo, mi buen Sancho, solos para detener tanta barbarie.

Miguel A.Román.



jueves, 8 de septiembre de 2016

Con él.


LA BARBACOA (CANCIÓN DEL VERANO DE 1994)
Aquel año celebramos la Nochebuena el 15 de Agosto. Sin nieve, villancicos, ni turrones; pero todavía con el abuelo.


Agustín Valderrama





 Hussain Khalaf

sábado, 3 de septiembre de 2016

Una apacible tarde de verano.


Piensen en un frenazo agudo, de esos que taladran la conciencia de cualquiera. Interioricen a continuación el sonido que produce un saco de piedras contra el suelo. Recuerden también cómo se encoge un gusano cuando siente una amenaza, pero sustitúyanlo por tres corazones. Ahora viene lo más duro: imaginen a tres madres que hablaban distraídas en el parque y que ahora corren, con un llanto espeso en la garganta, hacia la carretera que hay tras los setos. La escena es terrible, sí. Sobre todo, porque, cuando lleguen al lugar del atropello, dos de ellas no podrán evitar sentir una dolorosa sensación de alivio.


Iván Teruel


domingo, 19 de junio de 2016

Barandilla.


Es bueno ser barandilla. Evitas que el señor gordo trastabillee y se rompa la crisma, que la de los tacones inverosímiles se dé un estampido monumental, que la viejita caiga al vacío irremisiblemente, que el cobrador de la luz ruede escaleras abajo en un descuido, y fenezca. También cumples funciones de tipo lúdico, permitiendo que la gente se deslice graciosamente de nalgas, cuando nadie la mira, sabiendo de las confidencias y los susurros en los zaguanes y en las escaleras, sobre los que guardo un discreto silencio. Como compensación, todos me acarician, me aprietan, me manosean, me aman, en fin, una cosa lúbrica, libidinosa y lasciva, qué quieren que les diga.



Juan Yanes.







sábado, 4 de junio de 2016

El hombre que sabía demasiado.

El hombre que sabía demasiado
Un hombre. Que acaba pronto ese día sus tareas en el trabajo y sale antes, bastante antes. Que sale y busca un banco en un parque sin nadir, sin niños, sin mucho perro. Que se sienta. Y que espera. A que sea la hora habitual de regreso a casa, o incluso algo más tarde. Para no llegar a su casa antes de tiempo. Para no tener que oír demasiadas explicaciones.
Felipe R. Navarro





viernes, 3 de junio de 2016

Incompatibilidad gramatical.

INCOMPATIBILIDAD GRAMATICAL

   Él no era un sujeto simple. Ella no quería ser una subordinada.


   Ya no serán parte de la misma oración.

Marylena Cambarieri



jueves, 26 de mayo de 2016

La más absoluta certeza.


Pocas certezas es posible atesorar en este mundo. Por ejemplo, Marco Denevi duda con ingenio de la existencia de los chinos. Y sin embargo yo sé que en este momento usted, una persona a la que no puedo ver, a la que no conozco ni imagino, una persona cuya realidad (fuera de este pequeño acto que nos compete) me es completamente indiferente, cuya existencia habré olvidado apenas termine de escribir estas líneas, usted, ahora, con la más absoluta certeza, está leyendo.
Ana María Shua.





miércoles, 25 de mayo de 2016

Contracuento de hadas.


Con el tiempo, el príncipe ha engordado debido a la gula, el alcoholismo y la fiesta permanente. Ahora tiene una barriga gigantesca y una papada descomunal. Las piernas raquíticas apenas son capaces de sostenerlo. Hipa constantemente producto de una borrachera consuetudinaria. “Dios mío”, se dice con amargura la infanta, “ha terminado por convertirse en un sapo, igual que al inicio”. Y concluye que la historia es circular.



Diego Muñoz Valenzuela.






domingo, 24 de abril de 2016

Hormiga en el asfalto.



Agosto, cuatro de la tarde. Casi cuarenta grados de temperatura. Una calle en obras, una profunda zanja lateral. La gran grúa mueve tierra y cascotes. En la soledad deslumbradora, un hombre espera el autobús. Se ha colocado un pañuelo sobre la cabeza, está inmóvil y siente brotar el sudor de toda su piel. Muy cerca se alza el pequeño surtidor de una cañería rota. El hombre descubre en la calzada un insecto minúsculo, acaso una hormiga solitaria que avanza en línea recta. El chorro de agua golpea contra un montón de arena y hace saltar piedrecitas que caen cada vez más cerca de la hormiga. El hombre piensa que aquel insecto avanza ciego hacia el punto en que una de las piedrecitas lo aplastará. En el silencio sólo se oye el ruido del pequeño surtidor fortuito, a sus pies, y el chirrido del contenedor de material que se bambolea en lo alto, justo encima de su cabeza.

Jose María Merino






martes, 19 de abril de 2016

El eunuco.



Si descontamos vacaciones, fiestas y fines de semana, no había día que no pasara por sus manos un libro maravilloso. A pesar de todo, Belikov, el bibliotecario, sólo leía tratados de archivística: textos que le enseñaban a ordenar volúmenes, a catalogar según naturaleza y asunto. El día en que el terremoto afectó a la biblioteca, no le afligió que se perdiera “El Quijote”, que “La Odisea” quedase inservible, o se dañaran “Lord Jim" y “La isla del tesoro”. Su única preocupación radicaba en que se habían desordenado los libros.

Rafael Camarasa



martes, 22 de marzo de 2016

Cánsate conmigo.

CÁNSATE CONMIGO


No puedo quedarme collado: me gastas. Quiero hacer el humor contigo, que fallemos como animales. Y luego, si quieres, nos coseremos. Y haremos un viejo, donde tú profieras. Jamás me iré de tu lodo, por muy mal que lo posemos. Veremos la tela de plasma, tarados en el sofá, enlozadas las monas. Dedicaré mi veda a hacerte falaz. Y tendremos un ojo, o dos, y procuraremos que cometan los mismo horrores que nosotros. No te quedes ahí pirada. Ven. Sógame.
Víctor Lorenzo Cinca




Mike Redman

sábado, 13 de febrero de 2016

El baile.


Brillantes, cortantes, feroces descuartizadoras de telas, pelos y papeles. Tan útiles para podar hierba, uñas y trozos de pollo. Metálicas y amenazantes en manos de la peluquera. Serviciales y certeras en las de la modista. Tontas, entre folios de colores y el origami. Sin filo, como bípedos inútiles en la cocina. Óxido y olvido en un cajón del escritorio. Deformes, mutantes. Con ojos de buenas para cortar una flor y regalártela. Retorcidas, con sonrisa de zigzag, buscando acaso una lengua para perfilarla. Tétricas bailarinas de piernas de plata que inician su baile terrible. Tijeras llorando y gritando que eso no, que ellas nunca. Tijeras huyendo al costurero y cerrando la cremallera por dentro. Susurros y risas. Tijeras perfectas y rígidas, que salen deslumbrantes de su escondite. Golosas, doblegan a mi mano derecha y la obligan a seguirlas. Brutales, cuando hundo sus fauces, sin asco, en la manteca blanca de tu espalda.




Isabel Wagemann.



Geoff McFetridge 

jueves, 11 de febrero de 2016

Mediática.


MEDIÁTICA



   Después del incidente de la manzana, Newton pasó largos años de su vida investigando y desarrollando los pormenores de la ley de la gravitación universal. En cambio, sabiendo que el escándalo es el camino más rápido para alcanzar la fama, Eva la mordió.

CARO FERNÁNDEZ & LEO MERCADO








viernes, 22 de enero de 2016

SMARTPHONE.


Mi celular cuenta con un sistema predictivo de escritura: cuando presiono los botones, busca en un diccionario los términos posibles. Aunque sea una simple tecnología, sospecho que algo más ocurre. 

        Si yo tecleo “ansiedad”, el aparato escribe “sequedad”. Si ingreso “boca”, predice “viva”. Si intento con “piel”, refiere “pido”; escribo “horas”, el teléfono interpreta “gotas”. “Palabras” se convierte en “parajes”, “silencio” se vuelve “dolencia”. 

          Pero hay algo más extraño: si escribo “cerca”, aparece tu nombre. 


Giselle Aronson



domingo, 8 de noviembre de 2015

Sueños de papel.

Olga arrastró su carro y se metió en el avión. Sus regordetas manos comenzaron la tarea limpiando el interior de la cabina. Se recreaba en cada uno de los objetos que encontraba, desde un papel de caramelo a la anotación rápida de un teléfono. Fantaseaba en cómo sería el niño de las golosinas o en llamar al número escrito y guardaba todo aquello en el enorme bolsillo de su bata. De regreso a casa, se frotó las rojas manos mientras agujas de hielo traspasaban su cuerpo. Donde vivía , el frío y la nieve se instalaban hasta bien entrada la primavera. Dio un largo trago de vodka para templarse y después sacó su pequeño botín. Desdobló con parsimonia un periódico: Información de Alicante. Observó fotos de mar, playas y palmeras y sonrió imaginándose allí. Un día rompería con todo e iría. Quería saber qué era sentir calor.

Dulce María Jiménez Gutiérrez




RETO MUSICAL

Día 10: una canción que te haga dormir



domingo, 27 de septiembre de 2015

Reloj de arena.

Hubo un hombre que amaba tanto a su mujer que el día que murió hizo incinerarla y luego puso sus cenizas en un reloj de arena. Todos sus allegados le preguntaban el porqué de tal locura, a lo que él siempre respondía:

—Quiero seguir pasando las horas con ella.



Ángel Fabregat


martes, 15 de septiembre de 2015

Desintoxicación.


El médico me prohibió leer. Cogió un bolígrafo y anotó algo sobre el cuaderno. Le hubiese quitado el boli allí mismo. Apreté los puños por debajo de la mesa y mentí: quiero dejarlo. De momento, no iban a internarme, pero debía olvidarme de los libros. Si no lograba vencer la enfermedad tendrían que meterme en esa clínica tan prestigiosa. Me hicieron pasar a una sala mientras el médico hablaba con mis padres. Al llegar a casa, tiraron los libros que tenía escondidos debajo de la cama y dieron mi nombre en las pocas librerías y bibliotecas que quedaban abiertas para que me prohibiesen la entrada. Nunca me dejaban solo. Les engañaba. Me encerraba en el baño y leía la composición de los champús o les acompañaba al supermercado y me paraba en la sección de congelados a repasar los ingredientes. Pero me sabía a poco. Empecé a robar. En el metro miraba de reojo al viajero de al lado y me hacía con nombres y adjetivos del periódico que estaba leyendo. Pillé un verbo transitivo de una carta del banco que sustraje del buzón del vecino. Conseguí dos preposiciones en un carnet de identidad y algunos adverbios, aunque terminados en mente, en un folleto que me dieron en la calle. Cuando asalté una biblioteca, me internaron. El día que entré en la clínica, vi salir al gran Manu Espada. Había engordado y no llevaba ese pelo engominado que le caracterizaba. Tenía mejor aspecto. En mi grupo de terapia, reconocí a Lola Sanabria y a Ana Vidal, entre otros. Pronto descubrí el mercado negro. Al apagar las luces de las habitaciones, nos reuníamos en los baños y traficábamos con palabras. Cambiábamos adverbios por preposiciones y dábamos nuestra alma por encontrar a quien tuviese el adjetivo perfecto. Por la noche componíamos microrrelatos, los memorizábamos y al día siguiente, a la hora del paseo, lejos de los ojos de los enfermeros que se distraían con la televisión, nos los recitábamos unos a otros. Cuando salí, todos pensaban que me había curado.

Ernesto Ortega