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jueves, 17 de diciembre de 2015

La Parábola del elefante y el Efecto Rashomon.

"Más allá de Ghor había una ciudad. Todos sus habitantes eranciegos.

Un rey con su cortejo llegó cerca del lugar, trajo su ejército y acampó en el desierto.
La población estaba ansiosa por ver al elefante, y algunos ciegos de esta ciega comunidad se precipitaron como locos para encontrarlo. Como no conocían ni siquiera la forma y aspecto del elefante tantearon ciegamente, para reunir información, palpando algunas partes de su cuerpo. Cada uno pensó que sabíaalgo, porque pudo tocar una parte de él. Cuando volvieron junto a sus conciudadanos, impacientes grupos se apiñaron a su alrededor. Todos estaban ansiosos, buscando equivocadamente la verdad de boca de aquellos que se hallaban errados. Preguntaron por la forma y aspecto del elefante, y escucharon todo lo que aquellos dijeron. 

Al hombre que había tocado la oreja le preguntaron acerca de la naturaleza del elefante. El dijo: -'Es una cosa grande, rugosa, ancha y gruesa como un felpudo'.

Y el que había palpado la trompa dijo: -'Yo conozco los hechos reales, es como un tubo recto y hueco, horrible y destructivo'. 

El que había tocado sus patas dijo: -'Es poderoso y firme como un pilar'.


     Hakim Sanai, "Hadiqat al Haqiqa"



El Efecto Rashomon es un fenómeno provocado por la subjetividad en el cual, las personas cuentan la misma historia de manera diferente. Sin embargo, esto no significa que una de las versiones sea falsa o que esté errada sino que simplemente está mediatizada por la percepción individual. 

Estamos acostumbrados a pensar en términos de “blanco o negro”, es normal que nos cuestionemos la veracidad de cada espectador pero si pensamos en la realidad como un continuum que vemos a través de un prisma individual, entonces no es extraño comprender que un mismo suceso puede ser narrado y vivido de maneras diversas. En el Efecto Rashomon inciden múltiples factores que van desde la intensidad de las emociones en el momento en que estábamos viviendo el evento en sí hasta nuestras experiencias pasadas o las expectativas que tenemos. 

Las vivencias son la clave para entender este fenómeno. En práctica, la vivencia es una unidad entre lo que vivimos (los estímulos del medio ambiente) y como percibimos y analizamos estos estímulos (una percepción y un análisis que a su vez estará determinado por nuestras experiencias anteriores y nuestra configuración psicológica). Para ponerlo en palabras sencillas, es como si cada persona viese la misma realidad pero a través de un cristal único en el mundo. Por ende, su percepción ante la situación será diversa.

Como se puede presuponer, no se puede hacer referencia a que una percepción sea más adecuada que la otra, simplemente son diferentes. Obviamente, desde el punto de vista científico, mientras menos emociones y expectativas estén en juego, más nítidamente podremos percibir la realidad.




miércoles, 25 de noviembre de 2015

Los pequeños detalles.

La vida está hecha de pequeños detalles; de instantes y momentos que al final son los que en realidad suman o restan. La artista turca Eda Kaban lo sabe, y así lo plasma en sus ilustraciones: el primer beso, las reuniones con amigas, estar cerca de una madre, un paseo en bicicleta cualquier día de verano o ese café en buena compañía...








Los pequeños detalles

El alumno, según el, había terminado el cuadro.
Llamo a su maestro para que lo evaluara.Se acercó el maestro y observó la obra con detenimiento y concentración durante un rato.
Entonces, le pidió al alumno la paleta y los pinceles. Con gran destreza dio unos cuantos trazos aquí y allá.

Cuando el maestro le regreso las pinturas al alumno el cuadro había cambiado notablemente.
El alumno quedo asombrado; ante sus propios ojos la obra había pasado de mediocre a sublime.

Casi con reverencia le dijo al maestro:
"Cómo es posible que con unos cuantos toques, simples detalles, haya cambiado tanto el cuadro".

El maestro le contesto: "Es que en esos pequeños detalles esta el arte".
Si lo vemos despacio, nos daremos cuenta que todo en la vida son detalles.

Los grandes acontecimientos nos deslumbran tanto que a veces nos impiden ver esos pequeños milagros que nos rodean cada día.

Un ave que canta, una flor que se abre, el beso de un hijo en nuestra mejilla,  son ejemplos de pequeños detalles que al sumarse pueden hacer diferente nuestra existencia.

Todas las relaciones, familia, matrimonio, noviazgo o amistad, se basan en detalles.

Nadie espera que remontes el Océano Atlántico por el, aunque probablemente si que le hables el día de su cumpleaños.Nadie te pedirá que escales el Monte Everest para probar tu amistad, pero si que lo visites durante unos minutos cuando sabes que está enfermo.

 Hay quienes se pasan el tiempo esperando una oportunidad para demostrar de forma heróica su amor por alguien.

Lo triste es que mientras esperan esa gran ocasión, dejan pasar muchas otras, modestas pero significativas.Se puede pasar la vida sin que la otra persona necesitara jamás que le donaras un riñón, aunque se quedo esperando que le devolvieras la llamada.
En los momentos de mayor dicha o de mayor dolor se convierten en el cemento que une los ladrillos de esa construcción que llamamos relación.


 La flor se marchitara, las palabras quizás se las llevara el viento, pero el recuerdo de ambas permanecerá durante mucho tiempo en la mente y el corazón de quien las recibió.
Se piensa a veces que la felicidad es como sacarse la lotería, un suceso majestuoso que de la noche a la mañana cambiara una vida miserable por una llena de dicha.

Esto es falso, en verdad la felicidad se finca en pequeñeces, en detalles que sazonan día a día nuestra existencia.
Nos dejamos engañar con demasiada facilidad por la aparente simpleza.
No desestimes jamás el poder de las cosas pequeñas: una flor, una carta, una palmada en el hombro, una palabra de aliento o unas cuantas líneas en una tarjeta.

 Todas estas pueden parecer poca cosa, pero no pienses que son insignificantes.


¿Qué esperas entonces?

Escribe esa carta, haz esa visita, levanta el teléfono. Hazlo ahora, mientras la oportunidad aun es tuya. No lo dejes para después por parecerte poca cosa.
En las relaciones no hay cosas pequeñas, únicamente existen las que se hicieron y las que se quedaron en buenas intenciones...  
Recuerda siempre que la vida esta hecha de pequeños detalles.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Todo lo contrario.

—Veamos —dijo el profesor—. ¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de IN?

—OUT —respondió prestamente un alumno.

—No es obligatorio pensar en inglés. En español lo contrario de IN (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.

—Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no?

—Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano.

—No se burle, profesor.

—Vamos a ver. ¿Sería capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo IN, no confirman la ortodoxia gramatical.

—Probaré, profesor: "Aquel individuo memorizó sus cógnitas, se sintió dulgente pero dómito, hizo ventario de las famias con las que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía insomnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento".

—Sulso pero pecable -admitió sin euforia el profesor.

Mario Benedetti, Despistes y franquezas.




lunes, 21 de abril de 2014

La rebelión de las palabras


PALABRAS

Y, por fin, un día las palabras se rebelaron…

Habían sido orgullosos recipientes tangibles, tocables, audibles, masticables, pintables, borrables, olvidables e inolvidables…

Formas físicas evocadoras, sonoras, olorosas, acariciadoras, amorosas, crueles, compasivas, hirientes…

Se reconocían en el flujo rítmico del conferenciante y el balbuceo inocente del niño; en la elegancia sutil y algo pedante del académico y en el argot hambriento, lenguaje elemental del “necesito”…

Se adaptaban a todas las grafías; igual de noble era para ellas el jeroglífico colorido que la caligrafía alambicada; el simple trazo de una línea que la elaborada caligrafía de tinta y pincel.

Porque tenían clara conciencia, las palabras, de ser el puente imprescindible entre el pensamiento y su consecuencia, porque interpretaban todos los sentires, desde el más noble al más abyecto, in perder en este acto su pureza, su elemental fundamento comunicativo, su compromiso con la realidad…

Eran plenamente conscientes de ser el único invento de los hombres que podía sacarlos de la soledad congénita, eterna, irremediable del triste ser humano.

El principio de su pérdida de identidad no está muy claro, pero ellas lo sintieron cuando dejaron de reconocerse en el ejercicio de cada discurso, de cada frase enunciada. Se estaban muriendo porque sus creadores las mataban.

Las palabras andaban perdidas, iban de boca en boca, recorrían pantallas, ocupaban folios y más folios sin poderse encontrar.

Aquella correspondencia casi divina de antaño, era manipulada, pisoteada, hasta convertir en risibles caricaturas de lo que un día fueran.

Atónitas, no podían evitar que mezclaran en un mismo discurso las que hasta ahora contenían pensamientos opuestos; sus significados, orgullosamente detentados, eran llevados al límite de lo grotesco, hasta el punto de volver ininteligible el lenguaje.
Era el caos.

Por todo esto, un día se rebelaron. Huyeron de los escritos donde se habían tomado en vano, treparon por lápices y bolígrafos para volver a la nada… Así, dejaron papel y pantallas vírgenes de nuevo.

Las palabras fueron más contundentes con quienes se atrevían a mancillarlas de viva voz, se detuvieron en el pecho, atoraron las gargantas de los grandes mentirosos, asfixiándolos. Como locas, recorrieron los cerebros hasta licuar las neuronas de sus violadores y el mundo se vio libre de políticos corruptos, falsos chamanes, redentores irredentos, gurús de la bolsa, críticos de música sordos, literatos analfabetos, filósofos de pacotilla…

Las palabras, poco a poco, se recomponen, vuelven a ostentar su poder, ese que les hemos dado y que ya les pertenece.

Lola Suárez






Fotografía: Alexandra Catier


domingo, 23 de febrero de 2014

El café.

Sé perfectamente que el día en que me muera no echaré de menos los grandes acontecimientos que pude haber vivido, sino el perfume del café con tostadas y algunas pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las madrugadas de primavera cuando cantaba el mirlo en el jardín. Si me da un poco de pereza morir es porque ya no podré ir por las mañanas a comprar el periódico ni contemplar de camino en la parada del autobús los rostros frescos de las adolescentes que tienen aún todo el amor por delante. Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas. También es muy placentero llamar por teléfono a algún amigo a media mañana para que te cuente los últimos rumores. Por un lado está la Crítica de la razón pura, de Kant, y por otro están los chismes. Supongo que los chismes de las tertulias será lo último que uno recuerde con una marca más indeleble que cualquier filosofía, y junto a ello estará la suavidad de un paseo vespertino, algunas puestas de sol, las lecturas de noche en la cama con la amorosa luz de la mesilla. 


Quisiera saber qué hace llorar a los moribundos más sabios. Sin duda, sus lágrimas no se deben a los triunfos que consiguieron ni a las grandes tragedias que soportaron sino a los sencillos placeres que experimentaron, a la gente buena que conocieron, a los alimentos que degustaron con parsimonia entre amigos. ¿Qué es la muerte? Tal vez la muerte consiste en no tomar ya más un cruasán crujiente con el café por las mañanas junto al ventanal ni enterarse ya nunca jamás de los resultados del Campeonato de Liga cada domingo. Al final de todas las religiones y filosofías, en medio de tantos dioses, héroes y sueños, resulta que la vida no es sino un conjunto de chismes y un nudo de aromas, una pequeña costumbre cuyos pilares tan sólidos son de humo y salen de ciertas tazas frente a las cuales uno ha sido feliz.

Manuel Vicent



Fotografía: Three girls in kitchen William Gedney 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

¿Qué ocurriría si...?

Diego Álvarez Miguel es un ovetense nacido en 1990 que se hace conocer bajo el pseudónimo de Horacio Holiveira, en homenaje al protagonista de 'Rayuela', la famosa novela de Julio Cortázar. Joven y poeta, se encarga de la escritura del blog "La última vez que te robé París" en el que publica textos que son una auténtica delicia. Hoy me quedo con este, pero vendrán más. 



¿Qué ocurriría si te enamoraras de un escritor? 
Pues podrían pasar un montón de cosas. Ya ves. De bueno te vas a enamorar: de un escritor. Del ser más impredecible. Del humano (o pseudohumano) menos lógico, menos razonable. Podría uno, por ejemplo, llevarte el desayuno a la cama o, en cambio, ignorarte del mismo modo durante días (no solo en la cama, quizás en todo excepto en la cama). Podría uno mismo, por ejemplo, llevarte el desayuno a las tres de la mañana o a las tres tratar de hacerte el amor. Quizás a las cuatro. Tal vez en el postre o después del almuerzo. Hacerte el amor cada vez que le invada el insomnio de la misma forma que olvidar, cuando el sueño contraatacara, despertarte a la hora en la que la alarma aporrea la pared del ensueño para ir al trabajo. Llegarías tarde. O no, y una vez en el trabajo una llamada de casa te reclamaría para que vieras la araña que hay sobre el radiador. O no, y no habría llamada. No habría ni siquiera más palabras cuando descubriera que no has leído Rayuela. Te dejaría, quizás. Podrías, por ejemplo, salir del trabajo y al tratar de echar mano a los últimos ahorros te encontrases en su lugar bolsas con diferentes tipos de jabones y de chinchetas y de cosas que solo para un escritor resultarían de vital importancia. Por un momento. Lo que dura una vida. O te encontrarías con que tus libros de texto han desaparecido y han sido empeñados por unos pocos céntimos necesarios para más jabones o más chinchetas. Ay, dichosa seas si te enamoras de un escritor, porque nadie en su sano juicio lo haría, nadie, y sin embargo nada podría hacer a nadie más feliz que encontrar notas en sus bolsillos, o estrellas hechas de papel, o todo el amor del mundo en las dobleces de la papiroflexia. Bien es cierto que podrías encontrar también en tus bolsillos un montón de post-it mojados, tal vez tu móvil estropeado, quizás una carta importante de América, no sé, pero es que nunca un escritor revisa lo que mete a la lavadora. La vida es muy corta para eso. Para eso y para enseñar a bailar a las feas. Pero eso es otro tema. 

¿Qué ocurriría si un escritor se enamorara de ti? 
Esto, al contrario de lo que pueda parecer, es un poco más predecible, pues encontrarías, entre otras cosas, tu collar de pequeños cristales y azabache colgado en el cuello de alguien (una mujer rica, una mujer pobre, una…) que espera en la parada de un autobús de tinta. Encontrarás, por ejemplo, que tus zapatos favoritos han desaparecido y ahora alguien (una princesa en Cartago, una vendedora de hechizos en Gadir) los lleva puestos en un poema. El reloj que siempre llevas, el reloj que tienes pero que nunca llevas, el hecho de que nunca hayas llevado un reloj: de pronto serán hechos que pertenecen a la historia de alguna cortesana que nunca has conocido. Y que ahora eres tú. Y que más tarde seguirás siendo tú. Aunque no seas tú. Aunque se atusen el pelo a la manera que tú lo haces (y no, no tu pelo) y respiren como habrías de respirar los días de bochorno. Aunque usen tus mismas palabras y coletillas, tus coloquialismos y tus términos científicos. Ellas, esas alumnas en Marte o en Alejandría, a veces protagonistas, otras narradoras, otras villanas, serán todas tú y no y todas se rascarían la nariz como tú sueles. Los libros se convertirán en espejos que no necesitan tenerte enfrente. Tratarás de verte en los poemas donde alguien lleva más o menos tu nombre o tiene más o menos tus gustos o nunca ha leído Rayuela. Esos poemas y esas historias pertenecen al viento ¿a quién si no? Y son como el viento y nunca sabrás qué es lo que viene o qué es lo que se ha ido. Nunca sabrás si en otras páginas que quizás nunca leerás aparecerás o no y no hay forma de saberlo. Y no hay forma de borrarlo. Incluso cuando te vayas seguirás ahí formando parte del siempre. 
Si un escritor se enamora de ti, tendrás la suerte o la desgracia de no morirte jamás.

(Fotografía: Debbie Carlos)

lunes, 7 de octubre de 2013

De bolígrafos y lápices

 Ánimo

Tomo notas, indistintamente, con un bolígrafo o con un lápiz colocados junto al ordenador, sobre un cuaderno escolar, de rayas. Al lápiz hay que sacarle punta de vez en cuando, lo que constituye una actividad artesanal que sirve también para la reflexión. Pero la diferencia más notable entre él y el bolígrafo es su modo de perecer. El bolígrafo no cambia de apariencia ni siquiera cuando se encuentra en las últimas. Y deja un cadáver tan curioso que nadie diría que está muerto si no fuera porque no pinta nada ya, aunque resucite a veces de improviso y trace un par de líneas, incluso un párrafo, antes de volver a expirar. La gente se resiste a desprenderse de los bolígrafos vacíos porque continúan como nuevos. Sólo se consumen por dentro, en fin, y siempre se acaban a traición, como el butano. El lápiz, en cambio, agoniza por dentro y por fuera a la vez, y deja un cadáver mínimo, un detrito del que uno se deshace sin ningún sentimiento de culpa. Punto y aparte.

La naturaleza presenta casos semejantes al del bolígrafo. Ahí está el caracol, que envejece sin una sola arruga exterior, sin un fruncido. Y no hay que sacarle punta cada poco: él mismo, mientras vive, asoma los cuernos al sol, caracol quiscol, y una vez muerto, si te encuentras la concha en un tiesto o en el agujero de un árbol, la guardas en el bolsillo y al llegar a casa la colocas junto a los bolígrafos difuntos. Tenemos una pasión curiosa por la cáscara, de ahí la afición a las cajas, sobre todo a las cajas fuertes. Hay personas que coleccionan pastilleros vacíos, que viene a ser lo mismo que guardar bolígrafos sin tinta, con los que sólo se pueden escribir poemas inexistentes, que muchas veces son los mejores.

Pese a todo, tal vez sea más digna la actitud existencial del lápiz que la del bolígrafo, la de la babosa que la del caracol, aunque no dejen cáscara para los arqueólogos. Conviene sacarse punta cada mañana, pese al espanto de ver cómo se agota uno. Lo complicado de sacarse punta es saber cuánto te tienes que afilar para escribir lo suficientemente claro sin romperte antes de que hayas acabado la novela o la vida. Pero eso constituye un ejercicio de conciencia, y quizá de consciencia, bastante saludable. Ánimo.

Juan José Millás













Ilustraciones: Gusti, Buenos Aires 13 de julio 1963

¿Eres de lápiz o de boli?