lunes, 9 de febrero de 2015

Domingo de cine.

No estamos ante una película con los ritmos trepidantes de los productos rodados en Hollywood, sino ante un producto africano, con otro ritmo, con otras tomas. Rica en símbolos, se trata de una película arraigada en aquella tierra (que por cerca que esté, no es la nuestra) y en un marco antropológico y cultural muy diferente del nuestro. Pero sería injusto pensar que una película africana tiene, necesariamente, que responder a los estándares europeos o norteamericanos. Existen muchas formas de “hacer cine”, la de Sissako es la forma africana. Tiene a su favor la belleza de los paisajes, lo sorprendente de las situaciones y la actualidad del conflicto que denuncia. En contra, que el espectador occidental busca más rapidez.

Amor Díaz Boyero




Año 2012, la ciudad maliense de Tombuctú ha caído en manos de extremistas religiosos. Kidane vive tranquilamente en las dunas con su esposa Satima, su hija Toya e Issam, un niño pastor de 12 años. Pero en la ciudad los habitantes padecen el régimen de terror impuesto por los yihadistas: prohibido escuchar música, reír, fumar e incluso jugar al fútbol. Las mujeres se han convertido en sombras que intentan resistir con dignidad. Cada día, unos tribunales islamistas improvisados lanzan sentencias tan absurdas como trágicas. El caos que reina en Tombuctú no parece afectar a Kidane hasta el día en que accidentalmente mata a Amadou, un pescador que ha acabado con la vida su vaca favorita. Ahora debe enfrentarse a las leyes impuestas por los ocupantes extranjeros. 

(FILMAFFINITY)








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